Hace mucho tiempo —quizás demasiado— que no veo al hijo de Lucía en el balcón, tampoco a ella, cuando la tarde desde su bulevar poniente derrama amarillos, naranjas y algún púrpura.
Un silencio agobiante ha inundado el patio de vecinos, solo el ruido destemplado y sin alma de una obra cercana rompe la monotonía de unos días bochornosos, en los que el verano asoma atemorizado por esta pandemia
































































