Se acerca a mi ventana la luz que precede a un nuevo día. En medio de las sombras de la noche parpadean los ojos que vigilan el puerto de mercaderías de la cercana mar, en la costa. No se oye el ruido de los vehículos ni el ajetreo constante de las grúas que se mueven con sus brazos de metal trajinando con los contenedores.
Un poco más lejos, la torre de control de la terminal uno del aeropuerto vigila atentamente el movimiento de los aviones por las rutas del cielo.
Todo está tranquilo. Solo hay madrugadores que se desplazan y rompen este rato de paz deliciosa.




























