Como cada persona es un mundo, en mi particular imaginario me tocará hacer mi doméstica renovación anual por otoño. Siempre ha sido así desde que tengo uso de razón, tal vez condicionado por los calendarios escolares que siempre interrumpían los veranos en los que te habías liberado de una escuela sombría en todos los sentidos de la palabra. Ahora me alegra ver a Lúa y Kalita felices por ir al Josep Guinovart, y yo, en cambio, acudía temblando.
La vuelta a la escuela siempre era traumática y no valía el socorrido consuelo de reencontrarte con los amigos, porque con ellos habías pasado todas las vacaciones.



























